El 2024 no fue un año, fue una revolución eléctrica que no pedí. Mi mundo se volvió un lugar hostil donde la luz quemaba, los sonidos dolían y mi propio cuerpo se sentía como una trampa. Ante el pánico y una sensibilidad que me dejó sin piel, mi única respuesta de supervivencia fue encogerme. Dejé de mirar hacia fuera porque el exterior era un ruido insoportable, y mi universo entero se redujo al límite de un papel en blanco.
Lo que hoy veo sobre la mesa es mi "vertedero mental", pero también es mi archivo de resistencia. Cada crisis de pánico fue una grieta en mi estructura, y cada dibujo fue el cemento que evitó que me derrumbara del todo. En los momentos en que perdí el control sobre mis nervios y mi respiración, el trazo obsesivo fue mi única ancla. Si no podía detener el rugido del pánico, al menos podía decidir dónde terminaba una sombra y dónde nacía una línea.
Mapas claustrofóbicos, obligado a vivir en el subsuelo. No hay espacios vacíos en ellos porque, en pleno colapso, el vacío no existe. Todo está saturado. Cada ojo que vigila, cada rostro que grita en silencio y cada órgano expuesto es una pieza de ese rompecabezas de ansiedad que intenté armar.
Dibujar no fue una elección estética, fue mi válvula de descompresión. Fue la forma de sacar el veneno de mi sistema nervioso y atraparlo en formas tangibles. Al poner todo este caos sobre el papel, logré algo vital, que el miedo tuviera un rostro. Y al dárselo, empecé a dejar de ser su prisionero. Este "vertedero" es el monumento de transformar el horror en algo que ahora puedo observar desde fuera, con la calma de quien, por fin, ha logrado salir a respirar.

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