He decidido jubilar el clásico imán de nevera, ese que acaba relegado a los bajos fondos y que encima hay que estar limpiando, por algo con mucho más alma. Empecé a coleccionar ediciones de El Principito en mis viajes, y todo surgió de un arrebato de romanticismo puro en la mítica librería Shakespeare and Company. Allí, con la edición francesa bajo el brazo, intenté emular el paso del flâneur entre las pinturas de los artistas, aunque mi acento francés me situara claramente lejos del Sena. Fue el germen de una colección que voy completando, sin estarlo nunca del todo, en cada nueva escapada y en cada edición ilustrada que sale a mi encuentro.
De alguna manera, siento que emulo al propio Saint-Exupéry, volando en mi avioneta imaginaria y aterrizando en ciudades desconocidas con la única misión de descubrir nuevas ediciones. Es mi forma de recordar que, como bien dice el libro, "lo esencial es invisible a los ojos", y lo que realmente importa no es el objeto en sí, sino la historia y el viaje que hay detrás de cada hallazgo. Al final, mi estantería es como ese dibujo que los adultos confunden con un sombrero. Para algunos solo son libros, pero para mí son gatos durmiendo plácidamente dentro de serpientes boa, porque los gatos y los coleccionistas siempre hacemos lo que nos da la gana.

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