Adquirí una aspidistra creyendo que sería una compañera discreta y decorativa, la Marie Kondo del reino vegetal. Ordenada, serena, sin dramas. Qué romántico de mi parte. La instalé en mi rincón chill como quien enciende una vela perfumada... hasta que, en un arrebato de curiosidad, me dio por buscar qué simbolizaba. Y ahí estaba, símbolo de conformismo, represión creativa y culto al dinero. Básicamente, el retrato robot de todo lo que intento evitar.
Ahora ocupa su rincón como una ejecutiva de alto mando. Silenciosa, inamovible y absolutamente impermeable a mis sentimientos. No hay forma de detenerla. La riego poco, la ignoro bastante... y prospera como si se alimentara de mi desprecio. Cada nueva hoja parece un gesto pasivo-agresivo. "¿No me querías aquí? Pues toma, metro y medio de presencia no solicitada".
La aspidistra no necesita cuidado, ni aprobación, ni amor. Solo quiere luz indirecta y tu rendición.

Comentarios
Publicar un comentario