Solo un pellejo viejo, un cansancio que no se quitaba ni durmiendo, y la sospecha de que tanta astucia solo lo había llevado a un rincón del bosque donde nadie lo buscaba. Allí, donde la luz apenas tocaba el suelo, las hojas secas murmuraban nombres que él no reconocía pero que lo estremecían como si alguna vez le hubieran pertenecido. El bosque parecía observarlo con una paciencia casi compasiva, como si supiera que toda astucia termina pagando un precio. Y en ese susurro de ramas y polvo, comprendió que no era el primero en llegar a ese rincón olvidado, ni sería el último. Otros habían dejado antes que él su pellejo y su historia, disueltos en la memoria vegetal que nunca olvida.

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