La casa verde
Cada día encontraba en ese gesto silencioso del árbol una especie de pacto. Ella tampoco sabía muy bien cómo ocupar su lugar en el mundo, cómo no desbordar ni quedarse corta. A veces pensaba que, si pudiera aprender el idioma de esas ramas prudentes, quizá entendería también el suyo propio. Y así, entre el vapor del café y la luz que entraba oblicua, se dejaba enseñar por el árbol, como quien aprende a respirar sin hacer ruido.

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