La casa verde



Vivía en una casa verde, discreta, como si no quisiera molestar. Lo importante no estaba dentro, sino en el patio: un árbol de ramas largas que no se tocaban entre sí. Le llamaban “timidez de las copas”, pero a ella le parecía una forma de respeto. Desde la ventana, lo miraba cada mañana, como quien necesita recordar que hay maneras de estar sin invadir, de crecer sin empujar.

Cada día encontraba en ese gesto silencioso del árbol una especie de pacto. Ella tampoco sabía muy bien cómo ocupar su lugar en el mundo, cómo no desbordar ni quedarse corta. A veces pensaba que, si pudiera aprender el idioma de esas ramas prudentes, quizá entendería también el suyo propio. Y así, entre el vapor del café y la luz que entraba oblicua, se dejaba enseñar por el árbol, como quien aprende a respirar sin hacer ruido.
 

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